De las pruebas salen perlas
Una ostra del fondo del mar abrió su concha de par en par para dejar entrar el agua refrescante. Mientras pasaba el agua, las branquias recogían alimento y lo enviaban al estómago. De pronto, pasó por allí un inmenso pez, y de un coletazo levantó una nube de arena. ¡Arena! ¡Qué poca gracia le hacía la arena a la ostra! Era tan áspera que le amargaba la vida y le producía gran incomodidad. ¡Qué mal lo pasaba cada vez que entraba un poco de arena en su interior! La ostra se apresuró a cerrar la concha de golpe, pero ya era tarde. Un molesto granito de arena había logrado introducirse entre su cuerpo y la concha.
¡Cómo fastidiaba a la ostra aquel granito de arena! Pero casi al instante, unas glándulas con las que Dios la había dotado se activaron y comenzaron a envolver el incómodo granito de arena con una sustancia preciosa, suave, anacarada. Año tras año, la ostra añadía más capas de aquella sustancia al granito de arena, hasta que terminó produciendo una hermosa perla reluciente, de gran valor.
A veces nuestros problemas y defectos son en cierta forma como ese granito de arena. Nos irritan y no nos explicamos por qué los tenemos y por qué nos producen tanta molestia e incomodidad. Sin embargo, si permitimos que Dios obre en nuestra vida, Su gracia comienza a obrar milagros con nuestros problemas y flaquezas. Nos volvemos más humildes, más sumisos, oramos con más fervor, estrechamos nuestra relación con el Señor, obramos con más acierto y aprendemos a hacer frente a las contrariedades con mayor eficacia. Dios escribe derecho con renglones torcidos, y no tarda en transformar los toscos granos de arena que nos trae la vida en valiosas perlas de entereza, que llegan a ser fuente de esperanza y contribuyen a levantar el ánimo de muchas otras personas.
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Con cada victoria el Señor nos fortalece un poco más. Diríase que nos aplica una vacuna: nos da dosis pequeñas del virus para evitar que contraigamos la enfermedad, y así va fortaleciendo poco a poco nuestra resistencia. En cambio, si nunca se nos pusiera a prueba, si nunca se nos aplicara una dosis pequeña, no seríamos capaces de soportar una grande.
En la Edad Media era muy frecuente el asesinato por envenenamiento. De ahí que los reyes y personajes importantes tomaran diariamente pequeñas dosis de veneno. Empezaban con una muy pequeña, apenas una pizca, y la aumentaban día tras día hasta desarrollar una gran resistencia. De esa manera, si alguien les daba una dosis fuerte no les causaría la muerte.
El Señor hace algo muy parecido con nosotros: cada día nos da una dosis un poco mayor con el objeto de ponernos a prueba, de hacernos más fuertes y aumentar nuestra resistencia. Cada día nos inocula con un poco más de suero de sacrificio, de dificultad, de problemas y de batallas.
Él intenta fortalecernos más cada día y hacernos capaces de dar un poquito más de nosotros mismos, de sacrificar un poquito más, sufrir, luchar y crecer un poquito más. David Brandt Berg
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El sufrimiento tiene por objeto fortalecernos; y a la vez nos proporciona los medios para fortalecer a los demás. David Brandt Berg
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«El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.» (2 Corintios 1:4-5.)
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De no haber noche, no
podríamos interpretas
los astros:
se tornarían los cielos en
brillo ofuscador.
La libertad se observa
mejor a través de los
barrotes de una celda.
y se hace buena la travesía
cuando calma el
tormentoso mar.
No es posible valorar las
alegrías hasta no sentir
su ausencia.
Sólo cuando una bendición
desaparece la
apreciamos realmente.
Nuestros más abundantes
racimos crecen en torno
a la cruz,
y en las sombras de la
noche cantan los ángeles
al hombre.

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15 Octubre 2009 | 04:23 AM