Detente un rato
Son las dos de la tarde.
Miro la hora mientras se me atropellan los pensamientos en la cabeza. Acabo de cumplir mis compromisos de la mañana, yendo de un lado para otro, y —insensato de mí— antes de salir no caí en la cuenta de que no llevaba suficiente dinero conmigo. Me encontraba en un centro comercial con el equivalente de menos de medio dólar en el bolsillo. Tenía que tomar un autobús que en media hora me llevaría a la academia de canto, donde asisto a un taller los lunes por la noche, pero no podría hacerlo si no tenía lo suficiente para el transporte.
Empecé a caminar como loco por el centro comercial, sin saber exactamente a dónde me dirigía. ¡No pensaba en otra cosa que en que no tenía ni siquiera lo suficiente para volver a casa! Frenético y frustrado, me debatía buscando a quién o a qué achacar la culpa de que me encontrara en semejante situación. La algarabía de las muchedumbres que abarrotaban el centro comercial no contribuían sino a aumentar mi aturdimiento.
En ese instante, no sabría explicar de dónde ni cómo, pero en medio del caos desatado en mi interior tuve una curiosa sensación. Oí un suave murmullo, una Voz queda pero familiar. Me instaba a detenerme. Sí, eso mismo: a hacer una pausa, observar y escuchar.
—¿Escuchar qué? —me dije .
La voz insistía:
—Escúchame. ¡Fíjate en lo alterado que estás! Lo peor que puedes hacer es seguir adelante cuando no sabes qué hacer. Eso es. Detente, observa y escucha.
—Está bien, Señor. No sé qué hacer —confesé.
—Entonces para. Confía en Mí. Cálmate un momento.
La idea parecía sensata. ¿Qué podía perder? Oré:
—Jesús, ayúdame.
Quería que cayera dinero del cielo. Continué mi plegaria:
—No tiene que ser una cantidad muy grande; lo suficiente para ir a la academia y volver a casa.
Levanté la vista. Nada. Miré al suelo. Tampoco vi nada.
—¡Qué tonto soy! —pensé. Luego, resolví dar a Dios más que unos pocos segundos para responder mi oración. Aquel suave murmullo insistió:
—Confía en Mí. El taller es a las siete. Todavía faltan cuatro horas.
—Cuatro horas para esperar un milagro —reflexioné—. Eso sí lo podía hacer.
Aminoré la marcha y seguí caminando tranquilo y confiando, con la esperanza de que este cambio de actitud fuera la solución. A medida que se iba disipando la frustración y recuperaba la serenidad, me puse a cantar: Dulce es confiar en Cristo
y en Su Palabra fiel...
Esa canción la aprendí de niño, cuando no tenía muchas preocupaciones. ¡Y sin duda el dinero no era una de ellas! En aquel momento, parecía que la letra se ajustaba ni más ni menos a mi situación. ...descansar en Su promesa
porque así lo ha dicho Él.
La voz parecía indicarme por dónde debía caminar, en qué esquinas tenía que torcer en aquel gigantesco centro comercial.
Entonces vi a las dos gemelas sentadas en el interior de un local de Kentucky Fried Chicken
Se llaman Joy y Honey. Hacía solo unas semanas que las conocía. Son modelos y trabajan en pasarelas y anuncios publicitarios. Tienen más a menos mi edad, y son las únicas gemelas entre las modelos que trabajan en la ciudad. Me saludaron con la mano, contentas por nuestro encuentro fortuito.
Aunque... ¿fue realmente casual?
Una hora después, me despedí de ellas. No me cabía duda de que Dios había dejado caer dinero del Cielo, pero a Su manera: Joy insistió en que las dibujara a las dos y, por supuesto, se ofrecieron gentilmente a pagarme el retrato en el acto.
Ya tenía el dinero que me hacía falta, llegué temprano al taller y, como era de esperar, también llegué a casa sin problema.
Todo gracias a aquel suave murmullo, a aquella delicada Voz. La enseñanza que saqué de esta experiencia fue que cuando estoy aturdido, la solución está en hacer una pausa: detenerme, observar y escuchar. Jesús: Ayúdame a ir más despacio y dedicar tiempo a escucharte para que me orientes en todo.
EL SECRETO
El secreto de la vitalidad, de la chispa, de ese resplandor de tu rostro, del destello que hay en tus ojos, del amor, la compasión y la ternura que otros tanto necesitan, consiste en reabastecerte y renovarte conmigo. Sólo así tendrás algo que comunicar a los demás. Esa es la clave. Esa íntima comunión te capacitará para dar, para emplearte en servicio a los demás y atender a sus necesidades.
El secreto consiste en pasar un rato conmigo cada mañana y cada noche. Si te reabasteces y vuelves a llenar tu copa, rebosarás sobre los demás. Ese es el secreto. Te lo prometo.
Jesús Dediquemos tiempo a escuchar a Dios y Él dedicará tiempo a solucionar el problema.
David Brandt Berg
Que no te arrolle el tren
¡Que Dios nos perdone! Llevamos una vida tan ajetreada. Si por tener tanto que hacer no nos queda tiempo para orar, es que estamos demasiado ocupados.
Aminora la marcha. Sosiégate. Pero ante todo para, mira, escucha y espera. Letreros con estas palabras o parecidas se ven en lugares peligrosos como cruces y pasos a nivel, cuando surge una alteración en nuestra rutina o en el que camino por donde vamos. Si no, atravesaríamos la vía férrea como si nada y nos podría arrollar un tren.
¿Qué es más fácil? ¿Tratar de cruzar antes de que pase el tren, abrirse paso por en medio de este, saltar por encima o detenerse, mirarlo pasar por unos minutos y luego proseguir tranquilamente la marcha?
No sirve de nada forzar la situación y empeñarse en abrirse paso uno mismo. A Dios le gusta que lo honren un poco. Hay que dejar de lado las ideas preconcebidas y participar del Espíritu del Señor en comunión con Él. Entonces nos dirá qué quiere que hagamos.
