Dios sabe dónde estás
En enero de 1975 pasaba en automóvil cerca de Dayton (Ohio). Me acompañaban mi esposa Bárbara y mis hijos. Nos detuvimos a descansar y tomar un refrigerio a un costado de la carretera. Mi esposa y los niños entraron al restaurante.
De repente, sentí necesidad de estirar las piernas, así que les hice un ademán para que no me esperaran, y les dije que iría más tarde. Compré un refresco, y me dirigí hacia una cafetería. Me sentía muy deprimido. Amaba al Señor y mi ministerio de servicio a Él, pero me sentía agotado y agobiado. Estaba vacío.
De pronto, el timbre impaciente de un teléfono cercano me sacó de mi estado de abatimiento. Venía de una cabina situada en una gasolinera de la esquina. ¿Es que nadie iba a contestar? El ruido del tráfico de la bulliciosa intersección debía de ahogar el sonido, porque el empleado de la gasolinera siguió atendiendo a sus clientes y haciendo caso omiso del timbre, que no paraba.
—¿Cómo es que nadie contesta ese teléfono? —murmuré.
Luego razoné que se trataría de algo importante. ¿Y si era una emergencia? La curiosidad pudo más que la indiferencia. Entré a la cabina y tomé el teléfono.
—Dígame —dije como quien no quiere la cosa, y tomé un buen trago de mi refresco.
La operadora dijo:
—Hay una llamada de larga distancia para Ken Gaub.
Abrí más los ojos, y casi me atraganto con un cubo de hielo. Tragué saliva y exclamé:
—¡Está loca!
Dándome cuenta que no podía tratar con esos modos a la operadora, añadí:
—¡Imposible! Iba por la carretera sin molestar a nadie, y el teléfono sonaba…
—¿Está Ken Gaub? —interrumpió la operadora—. Tengo una llamada de larga distancia para él.
Me tomó un momento recuperar la compostura, pero por fin contesté:
—Sí, está aquí.
¡Busqué una posible explicación, y me pregunté si no sería uno de esos programas de cámara indiscreta! Aún impresionado y perplejo, pregunté:
—¿Cómo dieron conmigo? Caminaba por la carretera, el teléfono se puso a sonar y respondí por casualidad. No puede ser que me busquen a mí.
—Bueno, ¿está o no está el señor Gaub? —preguntó la operadora.
—Sí, soy yo —contesté por fin, convencido por el tono de su voz de que no se trataba de una broma. Luego, oí otra voz que decía:
—Sí, operadora, es él. Ken Gaub.
Atónito, escuché la voz de una mujer desconocida:
—Me llamo Millie, y estoy en Harrisburg (Pennsylvania). Usted no me conoce, señor Gaub, pero estoy desesperada. Ayúdeme, por favor.
—¿Qué se le ofrece?
Se puso a llorar. Por fin, se calmó y prosiguió:
—Estaba a punto de suicidarme, y acababa de escribir una nota explicatoria, cuando me puse a rezar y decirle a Dios que en realidad no quería hacerlo. De pronto recordé que lo había visto en televisión y pensé que si podía conversar con usted, quizá me pudiera ayudar. Sabía que era imposible, porque no sabía dónde localizarlo. No conocía a nadie que pudiera ayudarme a encontrarlo. Entonces me vinieron al pensamiento unos números y los anoté.
Tras decir aquello, se puso a llorar de nuevo. Pedí en silencio al Señor que me iluminara para que pudiera ayudarla.
—Miré los números —continuó—, y pensé: «Qué maravilla si fuera un milagro de Dios y me hubiera dado el número de Ken». Decidí llamar. No puedo creer que esté hablando con usted. ¿Está en su oficina de California?
—Señora —respondí—. No tengo oficina en California. Mi oficina está en Yakima, en el estado de Washington.
Un poco sorprendida, preguntó:
—¿En serio? Entonces, ¿dónde está?
—¿No lo sabe? Si me llamó usted —respondí.
—Es que ni siquiera sé a dónde llamé —explicó—. Simplemente marqué el número que tenía anotado.
—Señora, no se lo va a creer, ¡pero estoy en una cabina de teléfono de Dayton (Ohio)!
—¡No me diga! —exclamó—. ¿Y qué hace ahí?
—Contesté el teléfono. Cuando iba pasando lo oí sonar, y respondí —le dije casi bromeando.
Como sabía que aquel encuentro solo podía haberlo concertado Dios, me dispuse a orientar a la señora. Me habló de su desesperación, y la presencia del Espíritu Santo llenó la cabina telefónica, inspirándome lo que debía decir a pesar de mi incapacidad. Momentos después, oró para recibir a Jesús y conoció a Aquel que podía sacarla de su terrible situación y darle una nueva vida.
Me alejé de la cabina con una sensación electrizante de hasta qué extremo vela nuestro Padre celestial por cada uno de Sus hijos. ¿Cuáles serían las probabilidades astronómicas de que ocurriera algo así? Con tantos millones de teléfonos y tantísimas combinaciones posibles de números, solo el Dios omnisciente podía haber hecho que esa señora llamara a aquel teléfono en ese momento.
Olvidándome de mi refresco y no cabiendo en mí de alegría, me dirigí a donde se encontraba mi familia, preguntándome si me creería cuando le contara mi experiencia. Pensé que lo mejor sería no contarlo, pero no me pude contener:
—¡No te lo vas a creer! ¡Dios sabe dónde estoy!
Dios también sabe dónde estás tú. Ponte en Sus manos, concéntrate en averiguar Su voluntad para ti, y jamás te abandonará ni olvidará.
KEN GAUB
En efecto, Dios lo sabe todo sobre ti: dónde estás, quién eres y lo que necesitas. Sabe ni más ni menos lo que te hará feliz, y cómo sacar más partido a tu vida. Confía en Él con toda tranquilidad.
Pide a Jesús, el Hijo de Dios, que entre en tu vida y te dé el amor, la paz y la vida maravillosa que solo Él puede dar. Pídele que te perdone tus faltas, elimine toda barrera que te impida conocerlo y traiga a tu vida todo lo que te ofrece. Luego, dale gracias por hacerse presente en tu vida. Él te ayuda, te apoya y te ama.
