La carta
—¡Te llegó carta!
La puerta de la casa se cerró de golpe detrás de mi hermana mientras me lo anunciaba. En ese momento, yo terminaba de lavar los platos del almuerzo. Me sequé rápidamente las manos con una toalla de la cocina, y encontré la carta en mi escritorio.
—¡Es de Dana! —anuncié con emoción a mi hermana. Mientras buscaba el abrecartas, me vino a la memoria un viaje que había hecho dos veranos atrás con unos amigos.
La humedad era sofocante, y nos corría el sudor por el rostro sonrojado mientras caminábamos por las calles atestadas de gente. El anochecer apenas si aliviaba el extremo calor del día.
En un pequeño parque bien iluminado, hicimos una pausa para disfrutar observando la variedad de personas que se congregaba en una plaza: familias con niños rebosantes de energía, parejas jóvenes que paseaban tomadas del brazo, algún que otro grupo de amigos adolescentes...
Al cabo de unos minutos, notamos que dos chicas nos observaban atentas a cierta distancia, y nos acercamos a saludarlas. Una de ellas se llamaba Dana y trabajaba en una cafetería cercana.
—¿Son cristianas? —preguntó Dana. Cuando dije que sí, soltó una amplia sonrisa y explicó—: yo lo soy desde hace varios años. Pero no sé mucho de Jesús ni tengo mucha fe en Él. Quiero aprender más sobre Dios y lo que Él quiere para mí.
Durante meses después de que volví a casa, Dana y yo nos escribimos. Le envié enseñanzas de la Biblia y otros textos de lectura, y respondió con entusiasmo. Incluso después de que se mudó a otra ciudad, seguimos en contacto. Me encantó su sinceridad y deseos de aprender, y se notaba que apreciaba mi amistad.
Después de escribirnos durante casi un año, sin motivo aparente dejó de responder mis cartas. El correo había sido nuestro único medio de comunicación. Tras meses de no saber nada de ella, me repetía a mí misma que estaba en las manos de Aquel que nunca la abandonará ni defraudará.
De vez en cuando me asaltaba un impulso apremiante de escribir a Dana, pero siempre desechaba la idea. Al fin y al cabo, todos mis intentos hasta ese momento habían sido en vano. Hasta donde yo sabía, se había mudado, ¡quién sabe si a otro país!
Sin embargo, no dejaba de venirme aquella idea: «Escribe a Dana. Recuérdale el amor del Señor y Sus infalibles promesas». Pensaba que no serviría de nada. ¿Para qué escribir a una dirección de la que no había recibido respuesta en meses?
Después de varias semanas, por fin llegué a la conclusión de que no me sentiría tranquila hasta que no resolviera el asunto.
Escribí a Dana a la última dirección que me había dado, asegurándole que, dondequiera que estuviera, Jesús la amaba más que nadie y jamás se apartaría de su lado. Le dije: «Todo el mundo pasa por momentos difíciles en que no entiende el amor de Dios o le cuesta seguir creyendo en Su Providencia. Pero en esos momentos hay que seguir confiando en Aquel que lo sabe todo, es sabio y te ama más de lo que puedes imaginar o entender.»
Dos semanas después recibí una contestación, pero no de Dana. Era de su tía. Me explicó que Dana había vuelto a su ciudad. La tía se había mudado al antiguo apartamento de Dana, y por eso me escribía desde esa dirección.
Escribió: «Mi sobrina me mostró algunas de sus cartas. Así que cuando llegó esta última, como todavía no tenía una dirección para enviársela, la abrí. ¡Discúlpeme!
»Su carta me llegó al corazón. Seguramente tendrá la mitad de mi edad, pero nos enseña con la sabiduría que te transmitió Jesús y nos comunica el amor de Él.»
Escribir a Dana a una dirección donde ya no vivía fue algo más que una casualidad. Aunque mi carta no llegó a su destinataria, por lo visto Dios estaba pensando en otra persona cuando me instaba a escribir.
Respondí la carta de la tía de Dana, hablándole del amor de Jesús y animándola a abrirle las puertas de su vida.
Varios meses después me llegó otra carta.
Abrí el sobre, solté el abrecartas, saqué una carta escrita con bella caligrafía y la recorrí con la vista.
Era de Dana. Decía: «Durante meses la situación fue de mal en peor. Así que volví a mudarme a mi ciudad de origen. Busco un nuevo empleo, pero todavía no tengo una dirección fija. Pensé que no podría escribirte hasta que no tuviera una dirección para que me contestaras las cartas, pero hoy llamé por teléfono a mi tía y me dijo que habías escrito. ¡Qué sorpresa tan agradable! Me sorprendió que no me hubieras olvidado, y me alegré de ver que Dios tampoco me ha olvidado. Sé que pronto veré la luz al final de este túnel.»
En ese momento volví a caer en la cuenta de que Dios tiene un propósito en todo lo que nos pide. Aunque no siempre lo entendamos de inmediato, si damos el primer paso para cumplir nuestra parte, ¡pueden ocurrir maravillas!

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15 Octubre 2009 | 03:55 AM