El mentiroso predica no mentirás, el homicida predica no matarás, el ladrón no robarás. Pero ¿es posible no mentir, no cometer homicidio, no robar? Hay mentiras de emergencia, hay defensa legítima, hay robos en caso de extrema necesidad. Es imposible no violar estas normas morales. Detrás de toda moral hay un actor que constantemente se mueve entre cumplirla e incumplirla.

Hay una hipocresía en el interior de toda moral. Nadie puede predicar moral sin ser violador de ella; predicarla contiene siempre esta contradicción performativa. Siempre se predica agua en público tomando a escondidas vino. En la religión cristiana se dice que todos son pecadores -por tanto, también aquéllos que tienen como oficio predicar la moral (incluso Francisco de Asís decía sentirse capaz de cometer todos los crímenes conocidos).

La hipocresía, entonces, resulta condición humana, no acto aislado cometido por algunos. Moral es hipocresía. Ningún predicador de la moral podría predicar lo que hace porque presentaría un ideal muy mediocre que no entusiasmaría a nadie. No puede predicar lo que hace, sino solamente lo que debiera hacerse y debiera hacer él también. Ciertamente, si la viola comete un delito, pero un delito humano. Veracidad es, entonces, aceptar esta hipocresía: reconocerse como ser humano que vive la condición humana.

Hay también la hipocresía que consiste en aparentar no ser hipócrita y negar la propia condición humana. Nietzsche hizo la crítica de la hipocresía de la moral magistralmente, e inclusive la amplió: no se puede imponer la moral sino por medios que violan esa misma moral, lo que es igualmente cierto. Pero tampoco él encontró ninguna salida. Pone la veracidad en contra de la hipocresía de la moral; es la abolición de la moral en nombre de su inversión. Su superhombre ya está libre de los imperativos de no mentir, de no asesinar, de no robar y, entonces, parece que deja de ser hipócrita. Puede ser veraz, hacer lo que hace sin esconder ninguna violación de este imperativo invertido: voluntad de poder.

Sin embargo, la moral invertida resulta ser tan hipócrita como lo es la moral, de cuya crítica Nietzsche partió. No se puede seguir esta moral de la voluntad de poder sin violarla constantemente. El que la predica se muestra de nuevo incapaz de cumplirla. Predica vino en público pero a escondidas bebe agua. El propio Nietzsche dice: “Es fácil hablar de actos inmorales de todas clases, ¿pero se tendrá fuerzas para soportarlos? Por ejemplo, yo no podría tolerar el haber faltado a mi palabra o el haber matado: me consumiría durante más o menos tiempo, pero moriría a consecuencia de ello; tal sería mi suerte” [Citado por Camus, Albert. 1989. El hombre rebelde. Losada. Buenos Aires: 76].

Se ha invertido la moral, pero la hipocresía es la misma. Ha aparecido el segundo nivel de la hipocresía: donde se sostiene no estar sometido a ésta. Pero la culpa ahora es al revés: en la moral de partida el crimen es mentir, asesinar, robar; en la moral invertida de la voluntad de poder es no mentir, no asesinar, no robar. Mas el problema de conciencia y su inevitable hipocresía sigue.

De eso se derivan varios problemas: ¿Qué pasa con aquéllos que predican públicamente agua y toman a escondidas agua también? Aunque no lo logren completamente, resultan entre los peores. Y tanto peor cuanto más logran esta veracidad. Por supuesto, son los hipócritas que niegan la hipocresía de sus acciones. Inclusive Nietzsche predicaba agua en público y a escondidas tomaba agua también. Son los inquisidores. Pueden ser irreprochables, pero todo lo que no cometen en su moral privada ahora lo cometen en la negación de aquéllos que la violan. Al no tener vida sexual, torturan a sus víctimas en sesiones; viven la sexualidad en forma de la destrucción del cuerpo del otro. Mentira, asesinato y robo ahora se cometen en contra de otros, que pretendidamente son mentirosos, asesinos y ladrones. El inquisidor es una persona casi completamente recta y por eso puede ser un gran criminal. Bernardo de Claraval, Cícero y Robbespierre son prototipos, pero no los más representativos de los grandes criminales de hoy, cuando ha aparecido algo que es simple cinismo y que nos domina, que tiene la apariencia de hipocresía pero es muy diferente:

Según una noticia reciente en la prensa, con motivo de la Cumbre de la Unión Europea celebrada en Sevilla en junio, la célebre oenegé internacional Oxfam otorgó una medalla a la hipocresía a la UE “por la doble moral que promueve en el comercio internacional, porque, por un lado, impulsa la liberalización y eliminación de subvenciones en los países empobrecidos mientras, por el otro, mantiene cerrado su propio mercado y altamente subvencionada su agricultura, lo cual favorece fundamentalmente a las grandes empresas y propietarios, y genera excedentes a bajo precio que son exportados, hundiendo los mercados internacionales y locales”. No dudo que el premio esté bien dado, pero ¿dónde está la hipocresía? Ni la UE ni EU esconden nada, sino que dicen hagan lo que digo, pero no imiten lo que hago, lo que no es hipócrita sino cínico. El moralista hipócrita predicaba algo que tampoco hacía, pero no negaba que la exigencia se dirigía a sí mismo también. El cínico, en cambio, predica algo de lo que –según sostiene- él está exento. Niega abiertamente toda igualdad entre su país –o región- y los otros. Merece un premio al cinismo pero no a la hipocresía. Dice: nosotros tomamos vino, pero ustedes agua. Empero, su veracidad no es la de Nietzsche, que detestaba ese tipo de cinismo; lo suyo es precisamente el cinismo que Nietzsche veía en políticos como Bismarck y Guillermo II y que hoy vería en Kissinger, Reagan y los dos Bush. El mismo cinismo de los narcotraficantes que defienden la prohibición de la droga porque sin ésta su negocio se desvanecería.

Al igual que los narcotraficantes, hoy los poderes de nuestro mundo defienden los derechos humanos, a los cuales necesitan para poder hacer sus negocios de poder. La persecución de pretendidas conspiraciones mundiales asegura que los derechos humanos no sean más que cortina de humo. ¿Cómo pueden conquistar el petróleo de Asia Central sin la cortina de humo de los derechos humanos de los afganos? Los derechos humanos en la boca del poder no tienen otra función que proteger el negocio del poder. Son el medio para un masaje del alma sentimental de aquéllos que no tienen poder y que no deben tenerlo, masaje que es parte de lo que Hunttington llama el tittytainment para las masas. No hace falta aparentar nada; no hay ninguna hipocresía, sino un simple uso cínico de argumentos. Hasta se hace un campo de concentración en Guantánamo y la cortina de humo de los derechos humanos lo protege (en realidad el problema de los derechos humanos en Cuba es un problema que se juega en Guantánamo).

Si hace falta recuperar la moral y la vigencia efectiva de los derechos humanos, hace falta recuperar la hipocresía. Pero hay que recuperar la hipocresía de la moral, no la de la abolición de la moral por la voluntad del poder. Y por ese camino va la recuperación de los derechos humanos también. Tienen razón aquéllos que públicamente predican agua y a escondidas toman vino. Hagamos entonces un elogio a la hipocresía. En los años cincuenta aparecieron los jóvenes airados, que fueron derrotados y se transformaron en yuppies. Ahora vienen los viejos airados que junto con las viejas airadas son irresistibles y parece que no podrán ser aplastados.

HIPOCRESIA

Te revistes de inocencia
de buenos modales y educacion.
y cuando te dan la espalda.
te ries de las personas sin tener razon.
solo tu con tus complejos,finges ser diferente
sabiendo que tu conciencia.
elude la sinceridad.
porque eres pura hipocresia y nada mas.