La Historia De Amor De Oseas
<font size=5 color=lime>A mí se me ha llamado el profeta del corazón quebrantado, pero más bien seré recordado como el profeta del amor y la esperanza. Soy Oseas, el profeta que Dios envió a Israel, mi patria.
Los invito a mi casa en las afueras de Samaria. Allí, debajo del roble, está Gomer, mi esposa; la amo como a mi propia vida. Ustedes también aprenderán a amarla. Junto a ella está sentado nuestro hijo Jezreel. Tiene 18 años de edad, es simpático y fuerte. Es un joven que vive para Dios. A los pies de Gomer, y mirándola a ella está Ruhama, nuestra hija. ¿Ven ustedes cómo le brilla su cabello negro? Ella es la imagen de su madre. Hace sólo seis meses que cumplió sus 16 años de edad. Luego está Ammi, su hermano. Tiene 15 años y es tan cálido y burbujeante como el arrollo que ustedes oyen en la distancia.
Estamos felices y en paz. No siempre ha sido así.
Comencé mi ministerio como profeta hace casi 30 años, durante el reinado de Jeroboam II. Aquéllos fueron días de prosperidad. Las caravanas que viajaban entre Asiria y Egipto pagaban impuestos para el tesoro de Jeroboam y vendían sus bienes entre nosotros. Pero también nos dejaron sus hijos, hijas y dioses. Estos dioses, los dioses de los antiguos cananeos, y los de Jezabel, han tratado de conquistar los corazones de mi pueblo. Los altares que han sido construidos para las ofrendas por el pecado se han convertido en lugares para pecar.
Si ustedes anduvieran actualmente por mi tierra, verían imágenes y altares en todas las arboledas. Mi pueblo tiene muchas ovejas y ganado. Algunos piensan que Baal, el llamado dios de la fertilidad, es el que da los corderos, los becerros y los frutos del campo. Toda cuidad tiene su lugar alto donde Baal es adorado. Hay un lugar alto no lejos de aquí. ¡En estos días, nunca se hallan lejos de algún lugar alto mientras estén en Israel! Algunas veces oímos por la noche el ritmo de la música del sacerdote y las carcajadas de las prostitutas. La semana pasada, un hombre y una mujer que viven en la tercera casa después de la nuestra sacrificaron su bebé a Baal.
Tal vez se pregunten cómo pudo el pueblo de Jehová hundirse en esos caminos tan impíos. Se debe a que los sacerdotes de Dios se han apartado de Él. Se deleitan en los pecados del pueblo; saborean el pecado y se lamen los labios para sacarle más gusto. Y así “será el pueblo como el sacerdote”. Por el hecho de que los sacerdotes son perversos, el pueblo también lo es. Ciertamente, Dios hará juicio. Mi bella patria se encuentra a sólo unos pocos años del día en que será destruida bajo la rueda de hierro del poderoso ejército asirio.
Sí, hace 30 años, Dios me escogió como profeta para Israel. Mi padre Beeri, y mi honorable madre me enseñaron desde temprana edad a temer a Jehová, el verdadero Dios de Israel. Me enseñaron a odiar la deidad del becerro que hizo el primer Jeroboam. Nosotros orábamos todos los días. Diariamente, añorábamos el regreso al templo de Jerusalén, cantábamos los cánticos de David y sentíamos un gran deseo de que viniera el Mesías.
Mi ministerio ha sido siempre difícil. Los primeros diez años fueron los días ardientes de mi tercera década de vida. Mis sermones eran de fuego. Sentía dolor en mi corazón por mi pueblo. Se me ponía muy poca atención y generalmente se burlaban de mí. Cuando ya tenía 32 años de edad, Dios me dio una sacudida y pasé muchos días en oración y meditación. Me sentí solo. Necesitaba compañía.
Las primeras heladas del otoño habían teñido las hojas cuando fui con mis padres a visitar a Diblaim. Las actividades de mi ministerio me mantenían tan ocupado que no había visito a mi familia durante varios años. Estábamos conversando vivamente cuando pasó por la puerta una señorita, Gomer, hija de Diblaim. Yo la recordaba a ella como una niña linda y algo malcriada. Pero ahora ella era una mujer de perturbadora belleza. Su cara de marfil estaba encuadrada en una rica y negra cabellera. Su sorprendente belleza me fascinó y tuve gran dificultad para apartar mis ojos de ella.
Cuando regresamos a nuestra casa aquel día, mi padre y yo hablamos de muchas cosas. Sin embargo, en mi mente estaba fija la imagen de la israelita de cabellera negra. Mi padre y Diblaim tenían una amistad floreciente, y a menudo, yo viajaba con él para visitarlo. Gomer me atrajo de una manera extraña. Diblaim y mi padre hablaban incesantemente. Luego, un día mi padre me asombró con una proposición: “Oseas, deseo que te cases con Gomer”. No había duda de que yo amaba a Gomer. Pero había algo en ella que me afligía. Como a la mayoría de las mujeres de su tiempo, a ella le encantaban los vestidos costosos, las joyas y los cosméticos. Yo acepté eso como parte de su feminidad. Pero para su edad, ella parecía estar demasiado experimentada en las cosas del mundo.
Sin embargo, yo la amaba. Mi padre quería que me casara con ella. Yo sabía que mi amor ardiente hacia Jehová la rescataría a ella de cualesquiera caminos errantes. Dios me confirmó que Gomer era en realidad la mujer que Él también había escogido para mí.
Yo la cortejé con la pasión de un profeta. Dios me había dado el don de la poesía, y yo inundé a Gomer con palabras de amor.
Ella respondió a mi amor. Juntos nos colocamos debajo del pabellón salpicado de flores del altar matrimonial hebreo, y prometimos amor eterno a Dios y el uno al otro. Juntos oímos la lectura de las leyes del matrimonio. Oímos cuando se nos recordó que el matrimonio era un símbolo del matrimonio entre Jehová e Israel, nación que es su esposa.
Llevé a Gomer a mi hogar. Leímos juntos el Cantar de los Cantares de Salomón. Comimos el dulce fruto de su jardín de amor. Ella fue tan refrescante para mí como el primer higo de la cosecha. Gomer parecía estar contenta con el amor de Dios y de Oseas. Yo miraba hacia el futuro con esperanza.
Poco después del primer aniversario de nuestra boda, Gomer me dio un hijo. Yo busqué el rostro del Señor, y supe que el nombre de él había de ser Jezreel, un nombre que constantemente le recordaría a Israel que ciertamente vendría el juicio de Dios. Eso me hizo recordar la clase de tiempos en que vivíamos.
Con el nacimiento de Jezreel, me pareció que Gomer había cambiado. Yo la sentía distante y le observaba una luminosidad sensual en los ojos. Pensé que eso era una reacción ante la responsabilidad de cuidar a nuestro hijo. Aquellos fueron días ocupados. El mensaje de Dios casi me quemaba, y yo lo proclamaba por toda la tierra.
Pronto Gomer estaba esperando otro hijo. Esta vez nos nació una hija. Dios me dijo que debía llamarse Lo-ruama. Ese era un nombre extraño y a mí me afligió profundamente, pues significa: “No compadecida”. Porque Dios dijo: “...no me compadeceré más de la casa de Israel, sino que los quitaré del todo”.
Después de eso, Gomer comenzó a apartarse de mí. A menudo, después de acostar a los niños, se iba y no volvía hasta el amanecer. Cada vez estaba más agotada, macilenta y rebelde. Busqué todas las maneras posibles para restaurarla y que volviera a mí, pero de nada me servían. Unos 18 meses, nació otro varoncito. Dios me dijo que lo llamara Lo-ammi, que significa “No pueblo mío”. Dios le dijo a Israel: “...vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios”. Una espina me penetró en el corazón. Supe que él no era hijo mío, y que su hermana no era fruto de mi amor. Esos fueron días de profunda desesperación. Ya no podía cantar los cánticos de David. Tuve quebrantamiento de corazón.
Después que Lo-ammi fue destetado, Gomer se alejó completamente de mí, y no volvió. Yo me convertí en padre y madre de los tres niños.
Yo sentí una plaga en mi alma. Mi ministerio parecía paralizado por la desobediencia de mi esposa. Me parecía que mis oraciones se hundían. Pero luego, el Señor me sacudió. Llegué a entender que Dios iba a usar mi experiencia como una ilustración de mi amor por Israel.
Volví a sentir amor por Gomer y comprendí que no podía abandonarla. La busqué por toda Samaria. La encontré en la destartalada casa de un israelita carnal y disoluto que no tenía medios para sostenerla. Le imploré a ella que regresara. Ella despreció mis súplicas. Con el corazón quebrantado, regresé a casa con los hijos, y gemí y oré. Se me ocurrió un plan. Fui al marcado y compré alimento y ropa para Gomer. Compré las joyas y los cosméticos que a ella le encantaban. Luego busqué en privado a su amante. El sospechaba que yo había llegado para hacerle mal. Cuando le dije mi plan, una sonrisa socarrona se le dibujó en la cara. Si yo no podía llevar a Gomer a casa, mi amor no me permitía verla en necesidad. Yo le proveería todo lo que ella necesitara, y ella podría pensar que tales provisiones le venían del amante. Nos estrechamos las manos por el buen negocio. El tuvo dificultad para cargar las provisiones. Yo le seguí en las sombras.
Ella salió a recibirlo con regocijo y lo cubrió de amor. Le dijo que esperara fuera de la casa, mientras ella se cambiaba la ropa sucia y desgastada por la nueva. Después de un tiempo que pareció ser de horas, ella volvió a aparecer vestida con radiante esplendor, como la Gomer que vi el primer día en el hogar de su padre. Su amante se acercó para abrazarla, pero ella lo rechazó, y la oí decir: “No, ciertamente, la ropa, la comida y los cosméticos no vienen de tu mano, sino de la mano de Baal, que da todas estas cosas. Estoy resuelta a expresar mi gratitud a Baal sirviéndole como sacerdotisa en el lugar alto”.
Eso fue como si de repente me hubieran encerrado entre piedras. No me podía mover. La vi cuando se retiró. Ella parecía como la novilla rebelde que yo había visto en mi juventud en el rebaño de mi padre. No podía evitar el andar extraviada. Cuanto más trataba yo de restaurarla, tanto más se alejaba de mí. Con la debilidad que me producía el dolor interno, me marché tambaleándome a mi casa, para pasar noches de insomnio y días de confusión y dolor.
Gomer se entregó con atolondrado abandono a los requerimientos de su papel como sacerdotisa de Baal. Con todo anhelo, prostituyó su cuerpo entregándolo a la perversa voluntad de los adoradores de la sórdida deidad.
Mi ministerio se convirtió en un peregrinaje de dolor. Me convertí en un objeto de escarnio. Me parecía que el castigo por el pecado de Gomer, y de todo mi pueblo, había caído sobre mí.
Volví a acudir a Jehová. Mi padre y mi madre me ayudaron con el cuidado y la educación de los tres niños. Ellos respondían con amor y obediencia, y llegaron a ser el bálsamo de Galaad para mi herido corazón. Pasaban los años y yo proclamaba el mensaje de Dios a través de la tierra. Diariamente, oraba por Gomer, y mientras oraba, el amor cantaba en mi alma.
Ella era mi sueño nocturno y era tan real que al caminar, a menudo, sentía como si ella me acabara de abandonar de nuevo.
Los años pasaban, pero los sacerdotes de Baal la tenían en sus mortales garras.
Solo hace poco más de un año que ocurrió lo extraordinario. El color de la primavera estaba comenzando a tocar nuestra tierra. En la mitad de la meditación de la mañana, me pareció que Dios me movía para que fuera a estar entre el pueblo de Samaria. Me conmoví con un sentido de profunda esperanza. Vagué por las calles.
Pronto me encontré de pie frente al mercado de esclavos. Era un lugar que yo detestaba. Luego vi que un sacerdote de Baal llevaba a una mujer hacia la subasta de esclavos. El corazón se me paralizó. Era Gomer. Ciertamente, tenía una apariencia horrible, pero era Gomer. Completamente desnuda, se paró en la plataforma de subasta. Pero ningún hombre se quedó mirándola con lujuria. Ella estaba quebrantada, macilenta y muy delgada. Las costillas se le pronunciaban debajo de la piel. Tenía el cabello sin brillo y tocado con vetas grises. En los ojos, tenía el relumbrón de la locura. Yo lloré.
Luego, la voz del amor de Dios susurró suavemente a mi corazón. Confundido, hice una pausa. La subasta llegó a 13 siclos de plata antes que yo comprendiera plenamente los propósitos de Dios. Ofrecí 15 siclos de plata. Hubo una pausa, Una voz alrededor de la multitud dijo: “Quince siclos de plata y un homer de cebada”.
“Quince siclos de plata y un homer y medio de cebada”, grité. Había terminado la subasta.
Cuando me subí a la plataforma donde subastaban a los esclavos, un murmullo de incredulidad surgió a través de la multitud. Me conocían y conocían a Gomer.
Se inclinaron hacia delante para esperar y ver lo que acontecería. Ciertamente, yo la mataría allí mismo por su desobediencia. Pero de mi corazón fluyó el amor.
Me paré frente a Gomer y clamé al pueblo: “Nación de Israel, he aquí lo que Dios dice: ‘aparte, pues, las fornicaciones de su rostro, y sus adulterios de entre sus pechos; no sea que yo la despoje y desnude, la ponga como el día en que nació, la haga como un desierto, la deje como tierra seca, y la mate de sed”
Grité a un comerciante que estaba en un quiosco cercano: “Tráeme ese manto blanco que tienes en el perchero”.
Le pagué el precio que él indicó. Luego, extendí con ternura el manto alrededor del extenuado cuerpo de Gomer, y le dije: “Gomer, tú eres mía por el derecho natural que le corresponde al esposo. Ahora, también eres mía porque te compré por precio. Ya no andarás errante de mí ni harás el papel de prostituta. Tienes que estar confinada durante algún tiempo y luego te restauraré al goce pleno de tu feminidad”.
Ella suspiró y calló desmayada en mis brazos. Mientras yo la sostenía, hablé a mi pueblo: “...muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines. Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días. Y donde se dijo de Israel: ‘Lo-ruhama, tú no eres amada’, se dirá ‘Ruhama, eres amada’. Porque el amor de Dios no te abandonará, sino que te perseguirá a través de tus días. Y donde Israel fue llamado ‘Lo-ammi, tú no eres mi pueblo’, se dirá ‘Ammi, tú eres el pueblo del Dios viviente’, porque te perdonaré y te restauraré”.
Regresé a casa con mi frágil carga. Le serví de enfermero a Gomer hasta que volvió a tener salud. Diariamente, le leía los escritos de Dios. Le enseñé a cantar el cántico de arrepentimiento de David, y luego, juntos cantamos los cantos de alabanza y regocijo de David a Dios. En medio del canto, la restauré para Dios, para nuestro hogar y para nuestros hijos.
¿No ven ustedes cuán hermosa es ella? Yo la he amado siempre, aun cuando se hallaba en la profundidad de su desobediencia, porque mi Dios la amó. Gomer respondió al amor de Dios y al mío. Ella no me llama “mi señor”, sino “mi esposo”. Y el nombre de Baal nunca ha vuelto a estar en sus labios.
Ahora, pueblo mío, oye mi mensaje, y da una respuesta nueva, porque soy un profeta que ha sido conmovido por una gran verdad. He llegado a comprender en lo profundo de mi ser cuán desesperadamente ama Dios a los pecadores. ¡Cuán deliberadamente los busca! ¡Cuán devotamente los atrae a sí!
Sacado del libro “El amor que no se apaga” Autor: Ed Wheat Editorial: Caribe
Betania.
