El ganso que estaba solo
JANET BARNES
Nuestro centro misionero tiene vista a una laguna. Es un entorno tranquilo, ideal para la contemplación. Un día me senté a leer en el embarcadero. Me sentía muy sola y necesitaba respuestas. Acababa de pasar por una época particularmente difícil. En ocasiones me embargaba una sensación de fracaso y desesperanza. Tenía necesidad de una señal de Dios que respondiera mis interrogantes, o al menos de una señal de Su presencia, algo que me tranquilizara asegurándome que mi vida estaba en Sus manos. Pero no pasó nada y, algo desanimada, me dirigí de vuelta a la casa.
De pronto, un sonoro graznido me sobresaltó en medio de aquel silencio. Me volví y descubrí un ganso que volaba a ras del agua y se posó con gracia en medio del lago. Pensé que la aparición de aquel ganso podría ser la manera en que el Señor intentaba responder mis interrogantes.
«Qué raro que esté solo —pensé—. Lo normal es que en primavera estas aves migren al norte en bandadas.» Pero no vi ni oí otros gansos. Observé que al principio avanzaba chapoteando lentamente. Luego pareció inquietarse más, y se puso a chapotear más rápido y en círculos cada vez más pequeños. Sus graznidos denotaban angustia. Daba la impresión de que necesitara algo, o compañía. Supuse que quizás se sentiría solo.
Lo observé por un rato mientras graznaba y chapoteaba nervioso. Pero no saqué ninguna enseñanza personal. Empecé a subir las escaleras hacia la casa, todavía absorta.
De repente sentí un fuerte impulso de dar un rodeo para dirigirme a la parte delantera de la colina donde se encuentra la casa, la cual da al río que desemboca en el lago. Allí hay un puente, y para mi sorpresa, vi que detrás de unos arbustos había otros cinco gansos posados, caminando o nadando en silencio bajo el puente. Por lo visto, el que estaba en el lago era parte de aquella bandada, pero había tratado de volar a solas por un rato. Me preguntaba qué harían los otros gansos.
En un momento dado, todos se dirigieron hacia su compañero y se pusieron a graznar con todas sus fuerzas, alargando mucho la cabeza, como diciendo: «No te preocupes. ¡Todavía estamos aquí!» Con ese llamado tranquilizante, todos volaron al encuentro de su camarada extraviado para ayudarlo y consolarlo.
Uno bajó al lago y empezó a nadar junto al que había estado solo. Al poco rato, los otros se les unieron y todos nadaron tranquilamente juntos, todavía graznando, pero esta vez en un tono más suave y tranquilizador. Arrepentimiento, perdón, misericordia.
Quedé impresionada. Esa fue la lección de aquel día: solo porque no viera ni sintiera nada no quería decir que estuviese abandonada. No veía el consuelo y los cuidados que me prodigaba Dios aquel día. Era como aquel ganso que se despistó y perdió de vista a la bandada. Estaban ahí, listos para acudir en su auxilio nada más los llamara.
Cuando nos extraviamos o tratamos de andar solos por un tiempo, no debemos sorprendernos de que el Señor no nos rescate de inmediato. Está con nosotros, pero esperando. Quizás aguarda a que saquemos una enseñanza, o veamos que nos hemos equivocado, o a que le pidamos ayuda cuando por fin entendamos cuánto lo necesitamos. En todo caso, siempre está presente y esperando, y volará a nuestro lado con las alas del amor siempre que lo llamemos.
¿Alguna vez te asalta la soledad, la desesperanza, la confusión o el desaliento? Desde luego, a todos nos pasa alguna que otra vez. Pero no olvides que el Señor siempre está presente para manifestarte Su amor, que puede volverlo todo más positivo.
Invoca a Dios, y Su amor te saldrá al encuentro. Notarás la diferencia. Su amor se presenta de formas muy variadas. A veces es algo íntimo entre Él y tú, una paz y unión que sientes en tu interior. Otras veces, es posible que te manifieste amor por medio del ánimo que te brinda un amigo o incluso un extraño en respuesta a tus oraciones, o bien con una bendición inesperada.
Muchos bregan innecesariamente en la vida, cuando pasar un poco de tiempo con su Creador resolvería buena parte de sus problemas y les brindaría el consuelo y la tranquilidad que necesitan.
David Brandt Berg
