Ahora, cuando dejamos atrás los rigores del largo y tórrido verano y se nos viene encima el otoño, estación especialmente entrañable para los nostálgicos, que nos regala un dorado y tibio sol y nos permite el deleite de pisar las hojas amarillas que comienzan a perder los árboles, nos llega el hermoso mes de Noviembre, que nos invita a recordar a nuestros difuntos.

Por ello, cuando llega el día dedicado a ellos, acudo con mi fiel amigo Antonio a visitar el Cementerio. Juntos y siguiendo una tradición de hace más de cuarenta años, hacemos el recorrido a pié al citado lugar, que dista varios kilómetros desde el centro de la Ciudad, para elevar una oración ante los restos de familiares y amigos que allí descansan en paz hasta el final de los siglos.

Al regresar del aquel lugar sagrado, que lo hacemos igualmente andando, se nos unió una tercera persona que caminaba sola y que con agrado aceptamos nos acompañara.

Nuestro afligido amigo que había perdido a su madre recientemente, nos comentaba que la muerte de una madre siempre es triste, pero si ésta se produce apenas cumplidos los sesenta años, la tristeza adquiere más dramatismo, máxime tratándose de una persona que apenas había padecido enfermedad alguna.

Efectivamente, la muerte de un ser querido resulta siempre dolorosa, aún cuando los creyentes entendamos que esa muerte que por supuesto nos llegará a todos, nos llevará a la presencia del Señor, que es Camino, Verdad y Vida, según nos relata Juan (14.16) y que morir es empezar a vivir, recordando las palabras del mismo Jesús de Nazaret. “Yo soy la resurrección y la vida. Por ello el que cree en mí, no morirá para siempre”.

De cualquier modo, nuestro fiel acompañante, no terminaba de entender la resurrección de los muertos, pues para él resultaba difícil creer, el modo por el cual podrían recuperar sus cuerpos físicos, cuando ahora como era el caso de su madre, había sido incinerada.

Antonio, asistente a cursos de teología. le explicó a nuestro amigo que nuestra resurrección no será recuperando nuestro cuerpo actual con estómago y vísceras, toda vez que en esa vida nueva que nos espera, no hay lugar para las funciones biológicas propias de los seres mortales, como puede ser el comer y el dormir.

Tampoco preguntemos si los viejos resucitarán jóvenes y los cojos con dos piernas. La resurrección hemos de entenderla y aceptarla, no como la pérdida de nuestra vida física, sino como Vida integrada en una transformación que nos permitirá renacer de Dios mismo.

Comprenderla como la culminación por el poder de Dios, del hombre interior de nuestra propia persona, que día a día se va construyendo por obra del Espíritu de Dios.

La resurrección (continuó Antonio), será, y así nos lo dejó dicho el Maestro a través de su vida pública, como un gozo interno que nos proporcionará la dicha de poder disfrutar de la presencia del mismo Dios, como miembro de una única familia, formada por una humanidad salvada e integrada por todos los hermanos de Cristo.

Una vez finalizado el comentario de Antonio, me pareció prudente mencionar que nuestra propia vida actual, también nos suele producir una resurrección haciéndonos nacer con vivencias que nos van revitalizando.

Teniendo en cuenta que el pecado es nuestra muerte y el arrepentimiento resurrección y vida, hay que buscarla en el mendigo que nos solicita una ayuda. En el conocido que por cualquier circunstancia no posee las inclinaciones religiosas que nosotros y no tratamos de entenderlo. En esa vecina con la que apenas hablamos. O en el compañero de trabajo que nos es difícil aceptar como es o lo que es peor… que apenas podemos soportarlo. Y todo ello sin darnos cuenta que todos y cada uno de ellos nos dan Vida y nos hacen resucitar, sin esperar al día de mañana, simple y llanamente porque hoy para nosotros, es el día de mañana.

Por eso cuando los tres caminantes llegamos a nuestras casas, nos preguntábamos como descubriríamos en cada momento de nuestra vida, lo que Dios nos pedía para poder resucitar con El.

¿Sería no elevándonos por encima de lo humano, sino buscando la felicidad de los que pasan por nuestro lado?

…. Muy posiblemente.

Por José Guillermo García Olivas