Publicado en Reflexiones el 25 Abril 2009 - Tiempo de lectura 2'50 minutos

EO B. HALLIWELL y su esposa pasaron muchos años de su vida sirviendo al prójimo a lo largo del gran río Amazonas. Durante esos años de arduo trabajo les tocó vivir de cerca numerosos incidentes emocionantes. Esta es una de las historias que al pastor Halliwell más le gustaba relatar.

Las ofrendas de cierto ejercicio eclesiástico habían sido asignadas a la finalización de un hospital de la Iglesia Adventista en la ciudad de Belem, Brasil. Por lo tanto, no es de extrañar que todas las iglesias adventistas de ese país hicieran un esfuerzo especial para reunir una importante ofrenda en favor del hospital.

Una de las iglesias, que distaba unos trece kilómetros de la sede de la correspondiente misión, recogió una ofrenda excepcionalmente grande. El tesorero de la iglesia se levantó muy temprano, unció su caballo al carro y se preparo para llevar el dinero a las oficinas de la misión.

Era una hermosa mañana. Vestido con sus mejores ropas, el tesorero iba muy feliz, porque llevaba una buena ofrenda que engrosaría los fondos para el hospital.

Cuando transitaba por un paraje más bien solitario, advirtió que había una persona en el camino. En un primer momento pensó que sería algún amigo que quería ir a la ciudad con él, pero al acercarse más comprobó que el hombre era completamente extraño.

-¿Quién es Ud.? -gritó el desconocido.

-Soy el tesorero de la pequeña iglesia que está cerca de aquí, y estoy llevando nuestra buena ofrenda a la sede de la misión.

-¿Dijo que lleva una buena ofrenda? -volvió a preguntar el extraño, recalcando las palabras-. ¿Cuánto tiene?

- ¡Hemos reunido 250 cruzeiros! -contestó con entusiasmo el tesorero. (En aquel tiempo, era una fuerte suma.)

El extraño era un asaltante. Sacando un revólver, le dijo:

-Le ahorraré el viaje a la ciudad. Jugaremos a que soy el tesorero de la misión.
El tesorero de la iglesia quedó muy apesadumbrado; ¡Había hablado demasiado! Sacó el fajo de billetes con dinero del Señor-, y se lo entregó al desconocido.

Entonces el ladrón miró con codicia el traje del tesorero:

-Ud. está muy bien vestido. Mis ropas, en cambio, están viejas y gastadas. Haremos un intercambio.

Y así lo hicieron. El ladrón se puso el saco y el pantalón del tesorero, y salió corriendo tan rápidamente como pudo.

El tesorero de la iglesia estaba verdaderamente afligido Miró esas viejas y sucias prendas, impregnadas de tabaco; ¡Cuán desagradables eran! Pero tuvo que ponérselas.

No sabía qué hacer; Debía proseguir su viaje hasta el pueblo, o era mejor regresar a su hogar? No tenía dinero.

Hizo una pausa para orar.

Luego subió al carro. Más al hacerlo, sintió un bulto en su bolsillo. Metió la mano y… allí estaba el fajo de billetes; ¡El ladrón se lo había olvidado! De inmediato notó que en el otro bolsillo había otro rollo de billetes. Los contó apresuradamente, y comprobó que eran más de 300 cruzeiros. Sin duda, el ladrón los había juntado en otros robos.

El tesorero de la iglesia continuó la marcha hasta ciudad a toda velocidad. Allí fue directamente a una tienda y compró ropa nueva. Entonces se dirigió a las oficinas de la misión. Le entregó al tesorero de la misma los 250 cruzeiros de la ofrenda, y a continuación le preguntó que debía hacer con los otros 300 cruzeiros.

El tesorero de la misión le sugirió:

-Pienso que debería dar una generosa ofrenda de gratitud al Señor. El resto, puede guardarlo.

El feliz tesorero de la iglesia, luego de donar otros 150 cruzeiros para el hospital, regresó a su casa, por un camino diferente, con un nuevo traje y todavía con dinero en bolsillo.

No cabe duda de que es muy malo robar, y más a querer apropiarse del dinero de Dios.
Mientras el ladrón sufrió una gran frustración, el Señor condujo las cosas de manera tal que este incidente fue de gran ayuda para su obra.